Jorge Luis Borges y su vinculación con Sevilla

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Este 14 de junio de 2021 se cumplen 35 años de la muerte de uno de los grandes escritores del siglo XX en lengua castellana y de la literatura universal. Desde Sevilla quería rendir un pequeño homenaje a ese argentino que "quiso ser andaluz", que pisó esta tierra en dos ocasiones, una al comienzo de su vida y otra al final. La primera lo marcaría para siempre, En ella publicó su primer poema, vivirá meses de poesía, amistades, amores y tertulias. Tras estudiar el bachillerato en Suiza, hablar inglés y francés, aquí se encontraría con autores que hablaban su lengua materna, conocería la música andaluza, fue su encuentro con otro acento de su idioma natal. A Sevilla la recordaría siempre con cariño y alegría, la ciudad de la luz "púrpura y azul clara", volviendo a ella para "despedirse", poco tiempo antes de morir.

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges nació en Buenos Aires un 24 de agosto de 1899 y con 15 años llegará a Europa con sus padres y su hermana (la pintora Leonor Fanny Borges, más conocida por su seudónimo Norah Borges), anhelando una cura para la creciente ceguera del padre (algo que también llegaría a padecer él). Tras pasar por varias ciudades, al estallar la Primera Guerra Mundial deciden establecerse en Ginebra, donde estarán hasta que acabara el conflicto. Al llegar la calma, deciden moverse hacia el sur para regresar a Argentina, sin embargo, acabarían pasando varios años en España. Vivieron unos meses en Mallorca, más concretamente en Valldemosa y de allí se trasladarían a Sevilla en el otoño de 1919.

En la capital andaluza, se establecieron en el desaparecido "Hotel Cecil" (donde nueve años antes se había alojado otroilustre, el pintor francés Henri Matisse), en la antigua Plaza de San Fernando (actual Plaza Nueva), aunque también algunas fuentes dicen que vivieron unos meses en la calle San Blas, a las espaldas de la iglesia de San Luis de los Franceses (si alguien que lea esta entrada sabe algo al respecto me gustaría que me lo comunicara, ya que la información de este dato es casi nula, todo un enigma).

El joven Borges vivió aquí lo que según él mismo fue una de las etapas más bonitas de su vida, "yo me sentía sevillano" decía al recordar aquellos meses, cuando él contaba con 20 años de edad. Las amistades que hizo, las tertulias compartidas, las fiestas vividas, marcarían su madurez como persona y como escritor.

Sus meses en Sevilla confirmarán su vocación como escritor, publicará en las páginas de la revista "Grecia" su primer poema "Himno del mar" y se relacionará con miembros del Ultraísmo, movimiento que él luego exportará a Latinoamérica a su regreso a Buenos Aires y que será determinante en la vanguardia del continente. El principal objetivo de los ultraístas era manifestar su oposición al modernismo y a la Generación del 98. Estos escritores se veían a sí mismos como rupturistas en relación a los esquemas establecidos por la poesía anterior. Este movimiento llevó a Borges hasta el sevillano Rafael Cansinos Assens, al cual conocerá tras su paso por Sevilla, ya durante su estancia en Madrid. Lo citará y recordará durante el resto de su vida como su maestro y a través de él se introduciría en el conocimiento de la cultura hebrea (Cansinos era de origen judío), tan importante y recurrente en su obra.

Igualmente entablará muy buena amistad con Adriano del Valle, redactor jefe de "Grecia", el cual se enamoraría perdidamente de su hermana Norah y al cual le dedicaría precisamente Borges ese primer poema, el "Himno del mar" que sería publicado en la ya citada revista sevillana, el último día de 1919.

Posiblemente, quien presentara a Borges y a su hermana Norah a los poetas de "Grecia" fue otro joven argentino, de paso por la ciudad y colaborador ocasional de la revista, el rosarino Manuel Forcada Cabanellas. Era hijo de andaluz y uruguaya, pasó su juventud en Sevilla y visitaba casi diariamente a los hermanos Borges en la sede de la revista en la calle Amparo 20, donde hoy una placa cerámica nos recuerda su existencia pasada en el lugar. Años después, a su regreso a Argentina, Forcada Cabanellas publicará en 1941 "De la vida literaria. Testimonios de una época". En ella nos habla de las tertulias con los hermanos Borges en el Hotel Cecil, donde se reunían, según dicen, más que por atraer a Jorge Luis, por llamar la atención de su hermana Norah: "reposteros de cerámica sevillana y macetas de aspidistras y claveles junto a las sillas de anea". A su compatriota lo describiría así: "por aquellos mismos tiempos (año 1919) apareció por feliz azar en el incomparable vergel sevillano un inquieto viajero argentino sediento de abarcar el mundo con su mirada escrutadora. Era un joven que aún no representaba veinte años y que, después de una larga gira por  distintos países europeos, llegaba de Alemania, Suiza y Mallorca con  el espíritu pletórico de luminosas imágenes y precoces afanes renovadores, sólidamente pertrechado de una vasta cultura, impropia para su mocedad".

A través de Manuel Forcada Cabanellas sabemos otros episodios de la estancia de Borges en Sevilla, podríamos decir que ha sido su "cronista" y gracias a él podemos conocer algunas de sus correrías, un Borges inédito y gamberro como el que lanzaría piedras contra la casa de Luis Montoto (en la calle Mateos Gago 21), o llenaba de piedras la zanja abierta para levantar el monumento a San Fernando en Plaza Nueva (frente al hotel donde se alojaba), acompañado entre otros por Adriano del Valle. Forcada nos cuenta como llegaron un día corriendo al hotel Cecil: "volvían íntimamente satisfechos de apedrear la casa y destrozar la rancia biblioteca del Cronista Oficial de la Ciudad, el entonces anciano poeta Luis Montoto y Rantenstrauch". De estas correrías y, en parte también de su relación con los ultraístas, Borges se arrepentiría años después.

Tras su estancia en Sevilla, Borges viajará a Madrid, ciudad que no le cautivó, a la que vio como provinciana, pero a la que le debe el haber conocido al que consideró su maestro, el sevillano Rafael Cansinos Assens. No podía ser menos, su relación con los ultraístas y con la revista Grecia acabaría llevando a Borges junto a Cansinos, el fundador del movimiento y con él participó y degustó las tertulias literarias en los cafés madrileños. Cansinos escribió "La novela de un literato", una obra monumental para muchos e indispensable para conocer y entender la literatura en lengua castellana de la primera mitad del siglo XX. Fue escrita en la oscuridad de la posguerra y en ella desgrana lo que habían sido los mejores años de la literatura del momento, las tres primeras décadas del siglo hasta que comenzó la Guerra Civil y con ella, el final de unos años dorados. La obra consta de tres volúmenes y al final del tercer volumen, Cansinos asiste al levantamiento de aquel 18 de julio junto a su amigo Eusebio Cimorra, militante comunista. Cimorra diría: "aquí acaba la República" a lo que Cansinos respondería: "No Eusebio, aquí lo que se acaba es la Literatura". Y es que Cansinos bien lo sabía, con la guerra acabaría uno de los períodos más importantes de la literatura española, llegaba el relevo. Lo que vendría después sería Borges, América, el boom de la literatura en español en el continente americano, llegarían Vargas Llosa, García Márquez. Pero quien había trazado el camino, según palabras de Borges, era Rafael Cansinos.

En 2016, la fundación del escritor sevillano (Fundación Arca) pondría a la venta las seis cartas que conservaban (cinco manuscritas y una mecanografiada), que Borges envió a Cansinos entre 1924 y 1926 y poder garantizar así su actividad durante al menos diez años.

A lo largo de su vida y de su obra, Borges tendrá recuerdos y palabras para Sevilla. En sus Cartas del Fervor en enero de 1920 decía: "he hecho aquí algunos amigos, unos tipos muy amables, poetas ultraístas… y con ellos mucho he noctambulado,… he vaciado copas, inspeccionado bailes de prostitutas, comido churros, jugado e incluso ganado en la ruleta, y anteayer por la noche he visto el amanecer que se abría en una tormenta de luz sobre el Guadalquivir y transformaba los vidrios del pequeño café donde estábamos en raras y espléndidas vidrieras de púrpura y azul pálido." Serían muchas las noches que pasara "Georgie" (como lo apodaron en Sevilla), en estas tertulias sevillanas, en las cafeterías y tabernas del Altozano, en Triana, contemplando la ciudad desde la otra orilla, junto al Guadalquivir.

Otro de los lugares habituales de encuentro fue, como ya hemos dicho, el hotel donde se alojaba con su familia, el Cecil, ubicado en lo que hoy es un edificio perteneciente a la Consejería de Turismo de la Junta de Andalucía (¿quién me iba a decir a mí que mi habilitación como Guía Oficial de Turismo de Andalucía, la solicitaría en ese mismo lugar donde se encontraba el hotel de Borges, en ese lugar donde vivió su etapa sevillana un siglo atrás). El Hotel Cecil, ocupaba junto al Hotel Oriente, una de las manzanas de la actual Plaza Nueva. Tras la crisis que sufrieron los hoteles sevillanos con el fracaso de visitantes de la Exposición Iberoamericana de 1929 (a la que afectó la crisis económica mundial), muchos hoteles desaparecieron. En el caso del Cecil y el Oriente, ambos se fusionaron, formando un único hotel a partir de 1933, el Hotel Cecil-Oriente, que pasaría a la historia por el crimen que allí tuvo lugar en 1959 y del que hablaremos en otra ocasión.

 

 

 

La vida de Borges siguió su curso alejada de Sevilla. Volvió a España en alguna otra ocasión como en la década de los años 60 pero no pasó por la ciudad de la Giralda. Habría que esperar hasta 1984 para que se produjera la segunda visita del argentino a la antigua Híspalis. El Borges que vuelve y se reencuentra con una de sus ciudades de juventud es ya un anciano y está ciego. Su visita se produce dos años antes de fallecer y en ella se vería a un hombre sencillo y cercano, humilde, sensible, emocionado por volver a pisar aquellas calles que recorriera en su juventud, en la rebeldía de sus 20 años.

Era septiembre de 1984, Borges llegaría a Sevilla con María Kodama, también escritora, su compañera, con la que se casaría en 1986, pocos meses antes de morir. Estuvieron tres días en la capital andaluza, el motivo principal fue inaugurar un ciclo de conferencias sobre literatura fantástica organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, excusa perfecta para el reencuentro. Con motivo de dicho ciclo de conferencias, se publicaría un libro donde se recopilan textos de escritores que participaron en él.

Durante esos días paseó en coche de caballos, recorrió el Barrio de Santa Cruz, visitó el palacio de Dueñas "donde madura el limonero" de Machado, se reencontró con la Giralda y con el flamenco, asistiendo a uno de los espectáculos de la Bienal. Ese cante flamenco lo escucharía en la plaza del Lucero, placita de nombre evocador, con apenas siete casas y que se encuentra junto a la calle de San Blas, a las espaldas de la iglesia de San Luis, donde como dije antes, algunos aseguran que vivió Borges y su familia durante su primera estancia (esto sigue siendo un enigma que espero descifrar algún día). Durante esta visita se hizo la que quizás sea su fotografía más emblemática de sus días en esta ciudad, la del café con Torrente Ballester en la terraza del Hotel Doña María, frente a la catedral y la Giralda.

Su visita estuvo cargada de alegría y de nostalgia. Volver a esa ciudad que tantas veces recordaría y que tanto le aportó, en lo personal y en lo literario, fue importante para él, aunque ya no podría verla, la misma ceguera que afectó a su padre le llegaría a él con 55 años, por lo que las imágenes de Sevilla para él serían siempre las de aquel invierno entre 1919 y 1920. Ciudad que él consideró una de las suyas, donde muchos lo admiran, donde muchos lo recuerdan. Si bien es verdad que tiempo después de su estancia en la ciudad, Borges se volvió muy crítico con el Ultraísmo y quiso desvincularse de él, Sevilla y el movimiento ultraísta formarían parte para siempre de su vida y de su obra.

Borges no había olvidado su paso por Sevilla, aunque Sevilla haya olvidado el paso de Borges por ella. La ciudad nunca supo dedicarle un homenaje a su altura y por olvidar, olvidó hasta dedicarle una calle.

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José Manuel Villalba Rodríguez

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