La Triana de mis abuelos (homenaje a los ceramistas de Triana).

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Hoy quiero hablaros de Triana, pero quiero hacerlo de forma especial, quiero contarlo a través de dos personas que fueron ceramistas de Triana, mis abuelos maternos. Hoy serán ellos los guías, hoy hablaremos de la Triana de mis abuelos.

Llevo tiempo queriendo hablar de la cerámica y de los ceramistas de Triana, pero más que enumerar tipos de técnicas, listas de fábricas y artistas, quería que fuera algo más personal. Por eso, después de muchos días pensando en el tema, me di cuenta de que en realidad, de lo que quería hablar era de esa Triana de la época dorada de la cerámica. De ese barrio que conocieron mis abuelos y del que tantas veces me hablaron. De esa Triana de la que poco queda ya, salvo el recuerdo en la memoria de los vecinos más mayores. Quería hablaros de los trianeros de la cerámica, de la Triana de los ceramistas, del barrio que ellos conocieron, de la cerámica que ellos trabajaron, de esos hombres y mujeres del arrabal industrial que fue Triana hasta hace apenas unas décadas, de la Triana que era más pueblo que barrio. Por eso finalmente di la vuelta al tema y en lugar de hablar de la cerámica de Triana, lo haré de la Triana de la cerámica. Las palabras son las mismas, el orden no, y aquí el "tanto monta, monta tanto", no vale. "La Triana de la cerámica" es la que hizo que este rincón de Sevilla, tuviera una idiosincrasia propia que la hizo inmortal, diferente, memorable, importante y única. Esa Triana fue la que conocieron mis abuelos, y este artículo va dedicado a ellos, en esta primavera de 2021 en la que se cumplen 25 años de su partida. Hoy hablaremos de cerámica a través de José y Manuela, de sus costumbres, de sus oficios, de sus vidas y de esa Triana que ellos conocieron y vivieron. Hoy daremos un paseo sentimental por la Triana de mis abuelos, ¿nos acompañas?.

¿Por qué es tan famosa Triana? ¿Cuántas veces nos han preguntado eso a los trianeros? Triana no es conocida por sus monumentos (que también), lo es por su historia y por su pasado, por haber sido cuna de tantas cosas, por haber crecido como si de una ciudad aparte se tratara. El problema es que casi todo lo que la hizo importante ya no existe o ha quedado difuminado en la memoria. Hoy día Triana no se diferencia mucho de cualquier otro barrio de Sevilla pero, hasta hace apenas 100 años, Triana era muy distinta. La Triana de mis abuelos era un barrio industrial, con sus huertas y sus fábricas, sus gentes eran obreros y sus casas eran corrales o casas porticadas en la zona más comercial. El paso del tiempo y el acercamiento físico que supuso el puente la fueron uniformando, la hiceron poco a poco más similar a la otra orilla, perdiendo parte de su esencia.

José y Manuela sí conocieron esa Triana que era única, la que había sido "un pueblo" frente a Sevilla, la de los trianeros de muchas generaciones, la que tenía una Semana Santa propia, la que tenía una Feria en su "Velá" mucho más antigua que la de Abril, la que ya tenía rocieros cuando la romería no era famosa, la de su Corpus Christi, la de su propia "catedral", la de las Cruces de Mayo, la de los concursos de balcones, la de los marineros, la industrial, la de los tejares, la que fabricaba aviones, la que llenó de azulejos medio mundo y la que, hasta pocas décadas, se inundaba frecuentemente por las crecidas del río, quedando aislada de Sevilla cuando la furia del Guadalquivir rompía el puente de barcas. Ese aislamiento continuo durante siglos la enseñaría a sobrevivir por sí misma y a tener en muchas ocasiones al Aljarafe como vecino más cercano.

Mi abuelo José fue el tercero de seis hermanos, nació en 1908 en la calle Alvarado, una calle corta, de 49 metros y apenas 8 casas, de las que han desaparecido la mitad. La zona fue remodelada en los años previos a la Expo 92, desapareciendo la casa de mi abuelo entre otras. Conoció una Triana muy diferente a la actual, incluso muy diferente a la que años después conocería Manuela, pues el barrio tuvo dos períodos de transformaciones importantes, una en los años 20, justo antes de que mi abuela llegara y otra a partir de mitad de siglo. Esa Triana que él conoció durante su infancia sería casi irreconocible para nosotros hoy.

El siglo XX comienza en el viejo arrabal con una Triana muy similar a la de los siglos anteriores, ocupando una franja alargada comprendida entre el río y la Cava, zanja a modo de foso que iba desde la actual calle Bétis muy cerca de su confluencia con la Plaza de Cuba, recorría la actual Pagés del Corro y llegaba a Chapina, donde el foso se volvía a unir al Guadalquivir. La Cava existe por lo que sabemos desde época musulmana, usada para aliviar de agua al río en épocas de crecidas y servir de defensa al arrabal. Separaba la zona habitada del campo, de lo que siempre se conoció como la Vega, que llegaba hasta los pies del Aljarafe. La Cava comienza a cegarse a principios del XIX y se irá formando la calle que con el tiempo se llamará Pagés del Corro. Esta seguiría sirviendo de límite a una Triana que se concentraba aún en la zona más cercana al río.

La Triana de mis abuelos se organizaba a través de varias arterias principalesSan Jacinto dividía Triana por la mitad, uniendo el puente con el camino hacia el Aljarafe y a ambos lados una serie de calles paralelas al río. En la mitad norte serían Castilla y Alfarería, en la mitad sur Betis, Pureza y Rodrigo de Triana, todo abrazado por la Cava como si fuera su muralla. El centro del barrio fue siempre desde su origen el Altozano y es que el barrio nace ahí, en el castillo. En esa época en la que José era un niño, el Altozano estaba lleno de casas con soportales o pórticos, la zona de los "portalillos" la llamaban. Esos pórticos comenzarían a desaparecer en las primeras décadas del XX por las reformas realizadas con la llegada del tranvía, hasta que en 1930 no quedaba ya ninguno. El Altozano y su entorno habían pasado de tener casas de una o dos plantas con un pórtico en la planta baja, a tener casas de tres y cuatro plantas realizadas por los arquitectos más importantes del momento: Aníbal González, Espiau o los hermanos Gómez Millán. En 30 años Triana pasó de ser un barrio de casas populares a ser una barrio regionalista, donde cualquier huella del pasado había quedado borrada. En esos años el Altozano perdía también la antigua capilla del Carmen y la Torre del Reloj, de finales del XIX, para poder ensancharse y verá la construcción de la capillita de Aníbal González.

Esa Triana llevaba poco más de medio siglo teniendo el puente actual, inaugurado en 1852, anteriormente había tenido uno de barcas. El nuevo puente había acercado Triana a Sevilla, había hecho más accesibles la una para la otra, se podía ir a Sevilla incluso cuando había inundaciones, toda una novedad. Los vecinos más mayores de esa época habían conocido el todavía puente de barcas, por lo que los niños de principios del siglo XX como es el caso de mi abuelo, crecieron escuchando a sus mayores decir eso de "voy a Sevilla" y no "voy al centro"como decimos ahora. Por eso mi abuelo aún lo decía y cuando yo paseaba con él no íbamos al centro, íbamos a Sevilla. Mi abuelo iba para tres cosas: comprar pintura y pinceles; a iglesia del Salvador para ver al Cristo de Pasión; y de ahí, como no podía ser menos, al Gran Poder, el Señor de Sevilla, porque Triana tenía su propio "Señor", El Cachorro. ¡Cómo me gustaban esas visitas al Cachorro y esas gambas al ajillo que nos tomábamos en el camino!

Fueron los años de las grandes reformas, de la arquitectura regionalista y de los preparativos para la Exposición Iberoamericana de 1929, que si bien hicieron desaparecer la Triana antigua, trajeron una época de esplendor a su industria, especialmente a la ceramista, viviendo el barrio uno de sus momentos más brillantes. Las fábricas de cerámica de Triana habían empezado a resurgir a finales del XIX con la apertura de la de Pickman en La Cartuja. Recobrarían ahora la importancia que habían tenido en épocas pasadas, convirtiéndose en el motor económico del arrabal durante décadas. Triana vivía así una de las etapas doradas (sería la última) de su cerámica. Será la época de las fábricas de Mensaque, Montalván, Ramos Rejano, Santa Ana o Santa Isabel y así hasta casi 40, fundadas en los años 20 y 30, en muchos casos sobre otras fábricas anteriores.

José trabajó en varias de ellas pero sobre todo en Mensaque, donde trabajaba su padre y donde trabajarían también con él sus hermanos Manuel y Luis. Primero lo harían como aprendices, luego como pintores, realizando los motivos principales de los paños de azulejos que se hicieron para muchas casas particulares o para edificios públicos como la Plaza de España, donde trabajaron en varios bancos provinciales.

Los años pasaban igual de rápido que ahora y Manuela nace en el Arenal, en la calle Varflora (hoy Real de la Carretería) el primer día del verano de 1922. Lo haría allí, en casa de su tía, porque era más tranquila que la suya en Puerta Osario donde vivían. ¿Recuerdan una casa en la calle Puñonrostro que fue derribada hace unos años donde apareció parte de la muralla almohade oculta en uno de sus muros? Sí, la casa de esquina entre Puñonrostro y Valle, pues ahí vivían ellos. Una casa de una planta con la vivienda arriba y un bar restaurante en la baja, el bar de mi bisabuelo Manuel. Mi bisabuela Rosa, prefiría dar a luz en casa de su hermana que en la suya, ruidosa y ajetreada siempre con el bar debajo.

En 1929 dejan Puerta Osario buscando una casa mayor para los tres hijos que tenían (Ignacio, Manuela y Teresa) y la cuarta que venía en camino (Rosa). Deciden irse a una zona nueva donde llevar su negocio, "Los Hotelitos", barrio de chalets recién construido en Heliópolis con motivo de la Exposición Iberoamericana. Allí marcharon, allí abrieron el nuevo bar y allí vivieron hasta que mi bisabuelo falleció en 1935 y se vieron obligados a traspasar el negocio. Rosa, la más pequeña de la familia, no se recuperaba de la pérdida de su padre y para colmo llegó 1936 y con él la guerra. Ignacio, el hermano de mi abuela, fue llamado para incorporarse al frente y la depresión por la que pasaba la más pequeña no parecía mejorar, así que decidieron mudarse de sitio y empezar una nueva vida alejados de recuerdos. Triana era un buen lugar. De vivir solos en una casa, pasarían a hacerlo en un patio de vecinos, rodeados de flores y de otras familias, eso al menos distraería a la pequeña de los recuerdos. Y así llegaron a la margen derecha del Guadalquivir, a la Casa de las Flores, el número 22 de la calle Castilla en plena Guerra Civil, era la primera vez que pisaban Triana. El cambio no ayudó a Rosa, que finalmente falleció con cinco añitos (como se decía entonces) de pena.

Era 1938 cuando mi abuela entra a trabajar en la fábrica de Mensaque como alfarera, tenía 15 años, a punto de cumplir los 16 y ahí será donde conocerá a José, entre vasijas de barro, lebrillos, hornos y azulejos vidriados. Eran los años en los que ya no había "portalillos", en los que Triana había cambiado, años en los que muchos trianeros tuvieron que marchar al frente, a luchar sin saber muy bien por qué ni contra quién, obligados por los de arriba, los que peleaban por poder, por ambición. Allí marcharon muchos, entre ellos Emilio, hermano de mi abuelo, que ya nunca volvería y cuyo cuerpo nunca sería encontrado. Mientras, el pueblo llano lo que quería era trabajar y llevar el pan a casa. Lo único que querían los trianeros era llenar el mundo de azulejos, ganar su sueldecito para poder estrenar ropa nueva el Domingo de Ramos, porque salía La Estrella y había que ponerse guapos para ir a verla salir de San Jacinto.

Pasó la guerra y volvió la calma, llegaron los lutos por los perdidos, pero la vida tenía que seguir. Fueron años difíciles, había que remontar y las fábricas trianeras se empezaban a resentir. La demanda de cerámica no era tan alta aunque sobrevivieron hasta los años 70, cuando llega la crisis definitiva con la prohibición del uso del horno de leña y el sector quedaría casi lapidado.

Triana tenía tradición alfarera y ceramista desde la época almohade, cuando con la ampliación del Alcázar y el aumento de población, hicieron alejar los hornos de la zona habitada, muchos de ellos ubicados hasta entonces en la zona de Puerta de Jerez. Es ahora cuando estos hornos comienzan a instalarse en la otra orilla del río, algo que marcará para siempre la historia y la vida de este lado del Guadalquivir. En esta orilla había llanura, tierra y agua, ideal para extraer barro para ladrillos, tejas y cacharros varios. Sería el inicio de los olleros (fabricantes de ollas), de los tejares y de las diferentes labores alfareras y ceramistas de Triana y la Cartuja. Dicen que Santa María de las Cuevas se llama así por haber aparecido la imagen en una de estas cuevas, que no eran otra cosa que hoyos abiertos en la tierra para extraer barro. Había que alimentarse, por lo que la Vega de Triana se llenará de huertas. Las grandes parcelas de tierra que ocuparán huertas y tejares marcarán el urbanismo del barrio hasta nuestros días.

Los talleres de Mensaque nacen en 1917 en la calle San Jacinto y en 1923 se construye la nueva fábrica en lo que sería luego el barrio Voluntad (que nace a raiz de la fábrica como luego veremos), manteniendo como oficinas las instalaciones de San Jacinto. La nueva fábrica tenía su entrada por la calle Evangelista. Entre los números 41 y 45 la fábrica de ladrillos y en el 47 la de azulejos. Se dividía en secciones: salón de exposición, salón de pintores, naves de azulejos, hornos, nave de las prensas, nave de los remates, salón de embalajes, patio y secaderos. Tres serían los socios: Enrique Mensaque, Manuel Rodríguez Alonso y Tadeo Soler.

José había entrado como aprendiz en 1923, cuando abre la nueva fábrica, aprendiendo el "oficio noble y bizarro" como dice el dicho, pero cuando llega Manuela en 1938, él ya se había convertido en uno de los pintores del taller, el escalafón más alto y valorado.

Manuela formaba parte de otra sección de la fábrica , la de especialistas en la manufactura de los zócalos de azulejos de arista o de cuenca, mujeres en su mayoría. Este tipo de azulejos se venían haciendo en Triana desde el siglo XV y consistían en tallar el dibujo en negativo sobre un molde, que al principio fue de madera y luego de metal. Se aplicaba después mediante presión a la loseta de barro sin cocer, aún fresca, para marcar en ella el diseño. El resultado era que sobre la loseta quedaban unas cuencas separadas por aristas, que después de ser cocida en el horno (bizcochada era el término utilizado), permitía rellenar estos espacios cóncavos con los diferentes óxidos o pigmentos que, tras la segunda cocción darían como resultado estos preciosos azulejos.

En esa inmensa "ciudad de la cerámica", José pintaba en el salón de los pintores, la parte más creativa del trabajo y Manuela aplicaba los diferentes óxidos, que luego serían colores vidriados en los azulejos, un trabajo más mecánico. Parece mentira pero así eran ellos; mi abuelo siempre fue el artista, el creativo, el bohemio, mientras mi abuela fue la organizada, la metódica, la que pensaba siempre si hacer las cosas de una forma u otra. Sus trabajos fueron fiel reflejo de sus personalidades.

No sé como sería el cortejo de José a Manuela, nunca lo pregunté, pero conociendo a mi abuelo, debió ser parecido a como aparecían en las películas de la época. Mi abuelo fue siempre muy señorito, muy presumido, siempre arreglado, bien peinado y perfumado, así que no quiero ni imaginarme la que lio el hombre hasta conquistar a mi abuela. Lo que sí sé, es que años después la llevó un día a la catedral y muy pinturero el señor, al pasar delante de la tumba de Colón le pidió que se casara con él.

Y así lo hicieron. El 29 de septiembre de 1945, festividad de San Miguel, se daban el sí quiero en la iglesia con más encanto del barrio, la de la O. Él, vestido como todo un señor, lo que era, con sus guantes y todo, como un pincel. Ella guapísima, vestida por una modista, María de los Ángeles Rodríguez, la sevillana que dos años antes se había casado con uno de los sevillanos adoptivos más ilustres, Antonio Machín. Mi tía Teresa, hermana de mi abuela trabajaba en el taller de esta modista y allí le hicieron el vestido más importante de su vida y un color, el blanco, con el que me hubiera gustado verla, o con cualquier otro color alegre, yo solo la conocí de negro, luego veremos por qué.

Fueron los años de la Hispano Aviación, instalada en la calle San Jacinto desde el final de la Guerra Civil, en lo que anteriormente había sido un almacén de hierros y maderas. Allí estarían hasta inicios de los 70, convirtiendo a Triana en uno de los centros nacionales de la fabricación aeronáutica. De aquí saldrían el HA-100 "Triana" o  el mítico HA-200 "Saeta", el primer avión a reacción fabricado en España.

Estas décadas serían las del definitivo cambio en la fisonomía del barrio. El auge de las fábricas y los preparativos de la Exposición Iberoamericana demandaban mano de obra y esa demanda traería nuevos vecinos. En el camino de la Cartuja estaba el barrio de San José, el que había nacido a principios del siglo XX sobre lo que había sido el cementerio público del barrio, en esos años comienzan a construirse las primeras casas en lo que décadas después se convertiría en el Turruñuelo. En la década de 1920 llegaría el turno del Barrio León y en la de 1930 el de la barriada de San Gonzalo, a la que acabaría quedando unido. Llegaron las obras del tapón de Chapina, el desvío del cauce del Guadalquivir por la madre vieja, la construcción del muro de defensa de la Vega y con ellos la solución definitiva de las riadas de Triana, algo que había supuesto la enfermedad crónica del barrio desde su origen. Eso hizo que a las barriadas anteriores les siguieran otras como la Dársena, el Tardón o la barriada del Carmen. La demanda de espacio y la falta de un plan urbanístico organizado, presionaba a dueños de huertas y fábricas que fueron cediendo para dar lugar a bloques de pisos. La amenaza del río había desaparecido y Triana se convertía en la gallina de los huevos de oro de la especulación urbanística. Con los nuevos pisos llegaban nuevas familias, que en su mayor parte no eran trianeras y eso hizo cambiar no solo su fisonomía, sino también su carácter. Triana dejaba de ser lo que había sido durante siglos para convertirse en un barrio residencial de Sevilla, transformando los antiguos caminos de huertas y tejares que atravesaron la vega desde su origen, para convertirlos en calles y barriadas.

De todas las nuevas barriadas hay una en la que sí me gustaría detenerme, un barrio que merece una mención especial, el Barrio Voluntad. Si recordamos la ubicación de la fábrica de Mensaque, esta se levantaba al final de la calle Evangelista, formando una gran manzana. Los terrenos pertenecían a uno de los tres socios de Mensaque, Manuel Rodríguez Alonso, quien sería el promotor de la nueva barriada. En una parte de la parcela se levanta la fábrica y alrededor comenzarían a urbanizarse diferentes calles. La iniciativa quería satisfacer la demanda de vivienda de la época, creando un barrio donde algunos trabajadores que venían de pueblos cercanos, construyeron sus viviendas. Los nombres de las calles irían relacionados con las diferentes cualidades y valores de esos trabajadores (Constancia, Voluntad, Lealtad y Virtud), el eje del barrio sería la calle Trabajo y como a través del trabajo llega la Prosperidad, este sería el nombre de otra de las calles de este singular barrio, el barrio obrero por antonomasia de Triana.

José y Manuela tendrán un hijo, José Manuel y una hija, mi madre, María Teresa. Una vez que mi madre cumple la cuarentena se van de la calle Castilla, columna vertebral de la zona norte del barrio, a la calle que vertebra el barrio por el sur, Pureza. En el 52 de la calle (hoy 48) se establece la familia, allí frente a la capilla de los Marineros. En esos años, la hermandad de la Esperanza estaba aún en San Jacinto, faltaba más de una década para que la hermandad llegara a Pureza, pero ya durante los 50, la capilla empezaría a recuperarse como tal por el arquitecto Aurelio Gómez Millán, después de haber sido almacén, iglesia anglicana y hasta teatro.

Aquellos años en calle Pureza serían los más felices de la familia, en una Triana que a muchos de mi generación nos hubiera gustado conocer. Mi madre recuerda por suerte muy bien esa época y me habla del horno "del Nene" frente a la capilla de los Marineros; del horno de Borrachero y sus tortas de leche; de la lechería de Carmelita; del Reino de León (precioso local aún conservado y ocupado hoy por Manu Jara); del ciclista "Zeppelin"; de Enrique el de las pavías al comienzo de San Jacinto y toda una institución de la época; de la Ferretería Lázaro (en mi casa seguimos comiendo hoy con cubiertos de ellos). Fueron los años de comprar ropa en Los Leones o en Almacenes Triana (la tienda de mis tíos Juan y Teresa, hermana de mi abuela), ambos en calle Castilla. Fueron los años de estos y otros muchos negocios emblemáticos del barrio, negocios familiares, a veces con varias generaciones de historia y de los que ya quedan pocos.

En 1962 moría Juan Belmonte, un trianero nacido en la calle Feria, ironías de la vida, y regresan a la calle donde habían vivido un siglo antes el Cristo de las Tres Caídas y la Virgen de la Esperanza. La vuelta de la hermandad traerá a Pureza esas mañanas de Jueves Santo de colas para ver los pasos, de mantillas y rostros conocidos, algo que revolucionaba la antigua calle Larga en aquellas Semanas Santas de la nostalgia. Serían los años de las primeras televisiones pero pocos aún podían permitírselo, así que el sonido de las casas seguiría siendo aún el de las radios, el del fútbol de los domingos en la voz de "Juan Tribuna" (otro ilustre del barrio) y el de las coplas mientras se hacía el puchero.

Mi abuela dejó la cerámica cuando se casó, mi abuelo seguiría algunos años más. Durante sus años en Mensaque, José fue compañero del pintor extremeño Eduardo Acosta Palop, con el que entabló muy buena amistad, el cual desde 1950 fue profesor en la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla, de la que sería director entre 1961 y 1975. Le hizo el ofrecimiento a mi abuelo para ser profesor pero lo rechazó, él quería pintar y diseñar y a eso se dedicó hasta su jubilación. Hizo encargos para diferentes personajes de la época como Eulogio de las Heras, que tenía imprenta y librería en la calle Sierpes; el joyero José Román, cuyos hijos y nietos continúan con el negocio familiar; o el famoso fabricante de muebles Prudencio Arenas, el cual tuvo pabellón en la Exposición Iberoamericana de 1929, como otros industriales de la época. Al margen del trabajo, José pintaba en casa sus cacharritos como platos, tazas, botijos y todo objeto o superficie que se prestara a ser pintada. Cuando se acabaron los cacharros que pintar, pasó a hacerlo sobre tabla y sobre lienzo, pinturas que acabaron por llenar durante las siguientes décadas las casas de todos lo familiares y amigos. Todo el que iba a su casa salía con alguna pintura bajo el brazo, algunas las vendió, otras las fue regalando. Os dejo fotos de un juego de café que conserva mi madre pintado por él en 1942:

La vida fue pasando, los hijos se hiceron adultos, la vida transcurría feliz en esa Triana de los 70, pero mi tío José Manuel, hermano de mi madre fallece con 27 años, hecho que marcaría ya definitivamente el resto de la vida de mis abuelos. Mi madre se casó con mi padre, Manuel, nacimos mi hermana y yo, y la vida continuó su curso hasta que José y Manuela llegaron a la etapa final de su vida, ya en otra casa en la zona nueva de Triana. Mi abuelo dedicaba el tiempo a pintar y a pasear por su barrio, a visitar al Cachorro, a la O, a la Esperanza y a la Estrella, a comprar paloduz y esperarme a la salida del colegio, a por higos chumbos en verano y a por avellanas verdes durante la Velá. Mi abuela nunca fue muy de cofradías pero sí de misas. Tras la muerte de su hijo se vistió de negro para siempre, salía de casa para comprar o hacer recados y para ir a misa, llevando la vida más discreta que pudo durante esos años, sin querer saber mucho sobre lo que pasaba más allá de las paredes de su casa.

Recordaré siempre esas mañanas de Viernes Santo cuando volvíamos a casa después de la "Madrugá", encontrarnos a mi abuelo en San Jacinto para ver volver a la Esperanza. Esa mañana madrugaba, era el día grande de Triana, visitaba a la O y el Cachorro que saldrían por la tarde, y se iba a esperar a ver pasar a su Esperanza. La hermandad desde 1962 ya no vivía en San Jacinto sino en la capilla de los Marineros, justo enfrente de donde habían vivido ellos, pero a mi abuelo le gustaba ir a verla a San Jacinto. Como otros muchos mayores del barrio, el punto de encuentro era la confluencia de San Jacinto con Pagés del Corro. Allí se reunían familias, allí volvían los antiguos vecinos que habían marchado del barrio décadas atrás, allí volvían hijos de trianeros que ya no estaban para recuperar el recuerdo y mantenerlo imborrable. El cruce de las dos arterias principales de Triana se convertía esa mañana en punto de encuentro de los recuerdos, la añoranza y el sentimiento. Mi abuelo, como muchos otros, por no meterse en bullas se quedaba en el lateral de la iglesia, a la altura del retablo de la Virgen del Rocío. Desde ahí la veía llegar, la veía revirar los 360 grados que daba el paso como despedida, porque sabía que ahí es donde estaban esos abuelos trianeros, los que volvían a la que fue su casa en esa mañana para verla. Desde ahí la veía marchar, esperando quizás que la Virgen se detuviera y entrara en San Jacinto como lo hizo durante décadas, esperando quizás dar marcha atrás en el tiempo, volviendo a esa época dorada de su barrio y de su vida, en el que los recuerdos fueron realidad.

Manuela falleció el Domingo de Ramos de 1996, José el jueves de Feria de ese mismo año (como se decía antaño), de pena por la muerte de su mujer.

Sirvan mis palabras como homenaje a ellos, en esta primavera de 2021 en la que se cumplen 25 años de su partida. Sirvan mis palabras como homenaje a todos los abuelos. Por su ejemplo, por su esfuerzo, por su trabajo, por habernos dejado un mundo mejor aunque parezca que estemos empeñados en destrozarlo. Ojalá nuestros barrios y ciudades de ahora se parecieran un poco más a esa Triana de mis abuelos. Sigamos su ejemplo para ser recordados algún día como hoy lo son ellos.

Manuela Rodríguez Vázquez (22/6/22 - 31/3/96).

José Rodríguez García (19/10/08 - 25/4/96).

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José Manuel Villalba Rodríguez

8 comentarios en “La Triana de mis abuelos (homenaje a los ceramistas de Triana).”

  1. Artículo lleno de cultura pero sobre todo lleno de cariño y respeto. No podía ser de otra manera viniendo de un corazón trianero. Enhorabuena José Manuel. Tus palabras me han llegado… A mí… A otro corazón trianero. Me guardo el artículo para releerlo tantas veces como la nostalgia me invada, por estar lejos de tan amadas calles.

  2. Maite Martinez Carmona

    Emocionante, delicado, emotivo y lleno de amor. Un artículo que guardare siempre en mi corazón y que se lo trasladaré a mis hijos. Orgullosa siempre de esta familia de artistas. Gracias primo por compartir esa parte de tu vida con todos. Un beso muy grande.

  3. Qué historia de amor tan bonita,la de ellos dos y la de ellos con su barrio. Y qué bonitos tus recuerdos. Gracias por compartirlos con nosotros y por contarnos la historia de nuestro bendito barrio de una forma tan visual, ha sido un «paseo» precioso.

  4. Qué maravilla de artículo. Soy de Triana, crecí en el Tardón, mi madre en Chapina, mi abuela nació en la ya desaparecida calle Nuevo Mundo (entre Alfarería y Antillano Campos) y mi bisabuela en la Cava de los Civiles, con los Galocha tejareros. Así que te puedes imaginar como me emociona tu artículo. Muchas gracias.

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