La capillita del Carmen en Triana

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La capilla del Carmen de Triana, o "capillita", que así es como se le suele decir de forma cariñosa y por su pequeño tamaño, se encuentra en el arranque del Puente de Triana, en la orilla trianera, en lo que sería la entrada o salida del barrio. Si en el post anterior hablábamos de la cabeza del león y del edificio donde se encuentra, hoy hablamos del otro lado de esta "puerta de entrada" a Triana, porque eso es lo que parecen estos dos edificios, el del Faro de Triana y la Capilla del Carmen, una puerta de entrada o de salida del barrio, una puerta imaginaria de una imaginaria muralla. No exageramos si decimos que es uno de los edificios más queridos por los trianeros, muchos lo llaman "el mechero", por su forma (recuerda a los mecheros antiguos), referente de la nueva imagen que adquiere el barrio a principios del siglo XX, de la Triana regionalista, siendo a día de hoy uno de los emblemas del arrabal, uno de sus edificios más reconocibles y representativos, a pesar de no haber cumplido aún el siglo de historia.

Si en muchas de las desaparecidas puertas de nuestra casi desaparecida muralla, encontrábamos pequeñas capillas o retablos donde la gente rezaba antes de salir de la ciudad o al llegar a ella, la capillita del Carmen parece estar ahí para eso, para bendecir a los que salen y entran de Triana. Si en el Postigo del Aceite tenemos la capilla de la Purísima, en Triana tenemos a la Virgen del Carmen.

Basta pararse delante de la capillita durante unos minutos a observar, para ver la cantidad de gente que aún se santigua al pasar por delante y es que es una de las devociones centenarias del barrio, más de los trianeros antiguos que de los nuevos, debido a la tradición histórica de lugar de marineros y pescadores.

La capillita actual es la tercera (al menos que sepamos), dedicada a la devoción del Carmen en Triana y está ligada históricamente al cuadro de la Virgen con el Niño que en ella se venera. La pintura es un óleo sobre lienzo, anónimo del siglo XVIII. Nos muestra a la Virgen sedente, con el Niño sentado sobre su pierna izquierda. La Virgen viste el hábito carmelita, porta en su mano derecha el escapulario de la advocación y ambas figuras portan coronas de plata en relieve sobre sus cabezas.

La llegada de la devoción a la Virgen del Carmen llega a Sevilla en la segunda mitad del siglo XIV, pero no sabemos cuando llega esta a Triana. Suponemos que no mucho más tarde, aunque no hay constancia de fechas. Lo que sí parece claro es que en el siglo XVIII, época de la que data esta pintura, existía una pequeña capilla situada junto al primitivo puente de barcas, único punto de comunicación entre ambas orillas durante siglos (algunas fuentes hablan de la existencia de una capilla en el centro del mismo). Durante la construcción del puente actual, iniciada en 1843, el cuadro hubo de instalarse temporalmente en la capilla de los Humeros, barrio tambión muy ligado al río. Terminado el nuevo puente en 1852, se traslada el lienzo de la Virgen del Carmen a una nueva capilla, ya desaparecida y que se situaba justo donde finalizaba la rampa de bajada del puente, casi en la esquina con la calle San Jorge. Esta nueva capilla y la torre del reloj que la custodiaba, fueron diseñadas por Balbino Marrón y sobrevivieron hasta 1924.

La llegada del tranvía, que en un principio fue tirado por mulas y posteriormente eléctrico, hizo que fuera necesario un ensanche en el acceso al puente y dicho ensanche obligó a derribar la capilla decimonónica, la torre del reloj y el edificio colindante, el que hacía esquina con la calle San Jorge. Para los tranvías de mulas no suponían ningún impedimento pero sí para el eléctrico. Hubo que rebajar la pendiente entre puente y Altozano y las esquinas de este con San Jorge y San Jacinto tuvieron que ochavarse para permitir el giro a los nuevos tranvías que unían Sevilla-Triana con Camas o con Coria del Río. La zona por tanto sufre una importante remodelación urbanística y la segunda capilla de la Virgen del Carmen se derriba en 1924 (ya estaba aprobada su derribo desde 1918).

La pintura quedó depositada en la iglesia de Santa Ana. Ante la pasividad municipal, los vecinos del barrio pedían una nueva capilla hasta que finalmente consiguen que se encargue un nuevo edificio al arquitecto de moda del momento, al querido y admirado Aníbal González.

El barrio se vuelca con la edificación de la nueva capilla y fueron muchas las donaciones, tanto en especie como en dinero. Manuel García Montalván (Cerámicas Montalván) dona el zócalo interior de la capilla; Mensaque Rodríguez y Cía donan el revestimiento de azulejos de la cúpula; Franciasco Guinter costeó los ladrillos y muchos vecinos donaron dinero, entre otros Manuel Carriedo, verdadero promotor de la obra, aportando de su bolsillo gran parte del coste de la misma. Se dice que de los 33.500 pesetas que costó levantar la capilla, él aportó 29.000 (al final del artículo os hablo un poco de él, creo que lo merece). El cuadro con la Virgen del Carmen fue trasladado desde Santa Ana hasta su nueva capilla con todos los honores el día después de terminar la "velá", el 27 de julio de 1928, contando con la participación de todas las hermandades del barrio y con un recorrido engalanado para el acontecimiento.

La obra de Aníbal González finaliza en 1928, aunque en la cúpula luce un azulejo que indica la fecha de 1927. La construcción, es como un resumen del estilo y de la obra de González, que muere al año siguiente, en 1929. Obra de madurez, perfecta simbiosis de lo que para él era su arquitectura y el Regionalismo arquitectónico a la vez que muy representativa de lo que fueron las artes e industrias del barrio: cerámica, ladrillo y forja.

El conjunto lo forman tres espacios bien diferenciados: la capilla, de planta circular; el campanario, de planta octogonal y la sacristía, espacio adintelado que sirve de unión a ambos volúmenes, el de la capilla y el de la torre. Se dice que con esta construcción, Aníbal González quiso hacer su pequeño homenaje a las dos torres más emblemáticas de Sevilla: La Giralda y la Torre del Oro.

La capilla se cierra al exterior mediante una verja de hierro, permitiendo ver su interior a través del cristal. La puerta de la misma, con arco de medio punto, se enmarca por dos pilastras corintias. Sobre el cuerpo de la capilla, un friso de azulejos y una cornisa sirven de base a la cúpula de media naranja que la cubre. Esta cúpula se encuentra cubierta por preciosos azulejos trianeros en su parte exterior y sobre ella, una falsa linterna a modo de templete también cerámico, que aloja a las santas Justa y Rufina con la Giralda entre ambas, como marca la iconografía tradicional. Este templete se cubre con una pequeña cúpula de azulejos, sostenido por cuatro arcos de herradura que se asientan sobre cuatro pares de columnas cerámicas de color verde y remata el conjunto una cruz de forja.

La torre, con las ocho pilastras adosadas en sus ochos esquinas, nos da la sensación de una mayor esbeltez de lo que en realidad tiene. El segundo cuerpo se decora con una especie de paños de sebka (como los de La Giralda) pero de estética modernista. Remata el conjunto una cúpula octogonal escoltada por ocho jarrones de cerámica y una veleta, cuyo origen se encuentra en la torre del reloj que se encontraba junto a la capillita anterior de Balbino Marrón.

La veleta nos muestra la silueta de un sereno, con farol y chuzo, en recuerdo de un suceso supuestamente ocurrido décadas antes y de un personaje, el Sereno Marchena. ¿Conoces su historia? La verdad es que como ocurre con gran parte de la cultura popular, se ha ido manteniendo generación tras generación, historias y leyendas transmitidas de padres a hijos hasta hoy, tiempos estos en los que todo peligra, hasta nuestro propio legado y el olvido campa a sus anchas en nuestra sociedad, enterrando y olvidado todo lo que tenga que ver con el pasado. Evitemos que eso ocurra, pues forman parte de nuestra propia historia. La leyenda del Sereno Marchena nos lleva a principios del 1800, cuando una noche un toro, que atravesaba Triana con la manada y sus pastores camino de la Maestranza, se separa del grupo y el sereno, conocido como "el Marchena" por ser de esa preciosa ciudad, fue alertando a los vecinos del peligro, de que un toro andaba suelto, para que cerraran bien las puertas de las casas y los corrales. Parece que el Marchena fue embestido y volteado en calle Castilla y según contó él mismo a su superior, el toro lo elevó por los aires hasta tal punto, que vio los mástiles de los barcos del río por encima de los tejados de las casas. A su jefe le pareció tan exagerado que lo empezó a llamar " El Veleta", encargando a la fundición Portilla & White que se encontraba en la calle Arjona una veleta con la forma de la silueta de un sereno, con su faro y su chuzo. La veleta estuvo en la torre del reloj de la antigua capilla hasta 1924, donde al parecer fue rescatada del derribo y pasó luego a coronar el campanario de la capilla actual, donde se conservaba hasta que durante una madrugada desapareció. La actual fue diseñada por Antonio Garduño Navas en la década de los ochenta, como recuerdo de "El Veleta" Marchena y como recuerdo de esa profesión tan popular hasta hace pocas décadas y ya desaparecida.

 

No quería terminar este artículo sin hablar de este ilustre personaje que antes hemos nombrado, Manuel Carriedo. Es de justicia que este cántabro afincado en Triana tenga su hueco en este blog que tanto reivindica el patrimonio, conservado o perdido, sea material o inmaterial, sean calles, edificios, costumbres o personajes y es que el Patrimonio cultural es el conjunto de todo lo que aporta identidad a un lugar.

Manuel Carriedo (1863-1930) nace en Villacarriedo, Santander y se afincó en Triana, primero en la calle Bétis, luego en Pureza y finalmente en San Jacinto, en la casa que hacía esquina con Alfarería, donde hoy se encuentra una placa conmemorativa en su honor (casa ya desaparecida). Fue industrial de la loza y cerámica y tuvo en el barrio fábrica y tejar, llegando a ser el primer Teniente de Alcalde del Ayuntamiento. Sintió el barrio como su patria y por él se desvivió, muriendo prácticamente arruinado, después de haber donado una importante suma como hemos visto para construir la capilla del Carmen o levantando el Hotel Triana sobre un tejar de su propiedad con la intención de ser un hotel garaje que nunca llegó a ejercer como tal y acabó convertido en casa de vecinos. Fue el primero en montar un comedor social en su propia casa, ayudando no solo con comida, también pagando medicamentos o hasta entierros. La gente del barrio lo tuvo como "el padre del barrio", hasta el punto que aún en vida, la calle San Jacinto llevó su nombre entre 1911 y 1931.

La calle San Jacinto es una de las calles del barrio que más cambios de nombre ha tenido. En los antiguos mapas de la ciudad aparece, según la fecha, como Santo Domingo, San Jacinto, Camino Real, Corredera, Manuel Carriedo, Carlos Marx, Ancha de San Jacinto, Ancha para finalmente ser San Jacinto hasta nuestros días.

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José Manuel Villalba Rodríguez

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