Breve historia del azulejo sevillano.

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Hoy vamos a contar de forma breve la historia del azulejo sevillano. El trabajo del barro se lleva realizando en Sevilla desde tiempos muy remotos, siendo de las actividades económicas más antiguas y tradicionales de la ciudad. Dependiendo de las diferentes etapas históricas, las labores de la alfarería y la cerámica han ido adaptándose a los gustos y necesidades del momento.

BREVE RECORRIDO POR LA HISTORIA DEL AZULEJO SEVILLANO.


El entorno de la ciudad era el más propicio para el desarrollo de estos trabajos, pues el río y todo el terreno inundable que lo bordeaba, proporcionaban la materia prima indispensable: el barro.

Si nos remontamos a los orígenes de la ciudad, en sus etapas más antiguas, la alfarería ocupaba ya a un amplio sector de la sociedad. Se han hallado muchos utensilios domésticos de época fenicia y especialmente romana. Precisamente es en esta etapa bajo el dominio de Roma, cuando la afarería se convierte en algo indispensable para la economía local. En las ánforas de barro se transportaba el aceite de oliva, que era el principal producto de la zona y lo que hizo despertar el interés de los vecinos de la península itálica por nuestras tierras. El aceite andaluz y especialmente el del Aljarafe sevillano, abasteció durante décadas gran parte de la demanda del Imperio con esta joya gastronómica.

El puerto sevillano vivirá ahí su primera época de gran esplendor, exportando millones de litros de aceite envasados en ánforas de un solo uso. Al llegar a la capital del Imperio, al puerto urbano de la ciudad de Roma, las ánforas eran vaciadas en otros recipientes para ser llevada al Foro Boario (donde se vendía el ganado), y donde se encontraba también el famoso templo (aún conservado) de Ercole Oleario, para su comercio y distribución. Las ánforas vacías se amontonaban en las cercanías del puerto, formando con el tiempo una colina artificial, el famoso Monte Testaccio, que esconde toneladas de ánforas rotas, la gran mayoría provenientes de la Bética.

Tras esta primera etapa de esplendor de los alfares sevillanos, situados normalmente en zonas periféricas (por la cantidad de humo que provocaban), la segunda etapa llegaría con los musulmanes. Con ellos la ciudad desarrollará una importante industria, destinada especialmente a utensilios de uso doméstico.

El azulejo llegará después, a pesar de que su origen es musulmán, a Sevilla el uso del azulejo se extenderá ya en época cristiana. La etapa de mayor esplendor de los hornos alfareros sevillanos bajo dominio musulmán llegará con los almohades, desde mediados del siglo XII hasta mediados del XIII, cuando la ciudad es conquistada por las tropas cristianas en 1248. El crecimiento urbano de Sevilla bajo los almohades, hizo que los hornos se mandaran fuera de la ciudad, donde los humos molestarían menos y la mayor parte se ubicarán en Triana.

Serán los nazaríes de Granada los que comenzarán a usar la cerámica en forma de paños de azulejos con fines decorativos. Esto llegará a Sevilla a través de artesanos musulmanes pero ya bajo dominio cristiano. El siglo XIV nos mostrará como el sur de España verá convivir reinos cristianos y musulmanes, que siendo enemigos políticamente, propiciaron un intercambio cultural amplio y rico, fusionando ambos mundos. Esto dio como resultado joyas artísticas como el Palacio Mudéjar de don Pedro I en el Real Alcázar y parte de los palacios nazaríes de la Alhambra como el Palacio de Comares o el de los Leones, ambos bajo Muhammad V.

La buena relación entre ambos reyes será la "culpable" de la primera edad de oro de la azulejería sevillana, período de esplendor que se mantendrá durante trescientos años. La influencia de la Alhambra será patente en Sevilla, al igual que la influencia del Alcázar se notará en la Alhambra granadina. El intercambio de gustos, influencias y artesanos, traerán los alicatados nazaríes a Sevilla. Estos alicatados son paños de piezas de barro vidriadas y cortadas formando un mosaico de figuras geométricas. Será el palacio de don Pedro I el lugar por donde el gusto por el azulejo llegue a Sevilla y al ser muchos los hornos existentes, la difusión será enorme por la ciudad en las décadas y siglos posteriores.

Sevilla se llena así de un elemento que formará en el futuro, una de sus señas de identidad. El mudéjar se encargará de crear una estética que integrará la cerámica en iglesias y casas nobles, integrando esa influencia nazarí en la arquitectura civil y religiosa de Sevilla.

Tras un siglo de azulejos "a la morisca", el esplendor del azulejo sevillano se mantendrá durante el siglo XV y el XVI con nuevos diseños y técnicas. El siglo XV traerá el azulejo de cuerda seca y tras él, el de cuenca o arista. Los mejores ejemplos del siglo XV los encontramos en el Monasterio de La Cartuja.

El siglo XVI mantendrá el auge y esplendor del sector y a las citadas técnicas se le unirá una nueva, revolucionaria y procedente de Italia, de la mano de Niculoso Pisano. Con él llegará la novedad de pintar sobre azulejo como si de un cuadro se tratara, apareciendo un tipo de producción que se extinguirá tras su muerte y que no se retomará hasta varias décadas después. Él se convierte en uno de los pilares no solo del azulejo pintado, también lo será de la llegada y desarrollo del Renacimiento italiano en la ciudad. Su trabajo en el Oratorio de Isabel la Católica en el Real Alcázar, la lápida sepulcral de Íñigo López en la iglesia de Santa Ana y la portada del convento de Santa Paula, todas obras realizadas por él, aportan no solo una novedad, sino que también añadiría una nueva pieza al mosaico cultural, artístico y estético sevillano.

Tras él llegaron otros maestros ceramistas, asentados normalmente en Triana, como Cristóbal de Augusta o los hermanos Pulido. Ellos y otros maestros ceramistas llenarán la Sevilla del 1500 y del 1600 de azulejos, de los cuales conservamos maravillosos ejemplos bien conservados en diferentes puntos de la ciudad. Las principales muestras las encontramos en lugares como el antiguo convento de Santa Clara (hoy espacio expositivo), el de Santa Paula, la Casa de Pilatos o el Real Alcázar. En ellos encontramos un extenso, rico y variado catálogo de azulejería sevillana de los siglos XVI y XVII.

La influencia del azulejo sevillano se exportará a otros lugares, llegando a través de la Carrera de Indias a América o a lugares más cercanos como a Portugal. Un maravilloso ejemplo lo tenemos en el interior del Palacio Nacional de Sintra o en el de la Sé Velha de Coimbra (la catedral vieja), entre otros lugares, donde se pueden contemplar enormes paños de azulejos sevillanos de inicios del siglo XVI.

La epidemia de peste de 1649 mermó a la mitad la población sevillana, algo que afectaría económicamente hasta el punto de entrar en un período de crisis, del que la ciudad no conseguirá salir hasta el siglo XIX. Eso provocó un período de decadencia en el sector de la cerámica que no se conseguirá romper hasta 1841. En ese año, de nuevo se produce un resurgir con el nacimiento de la Fábrica de Pickman en La Cartuja. Décadas más tarde, a principios del siglo XX comenzará la que será la etapa definitiva, la de mayor esplendor de toda la historia de la ciudad con la llegada del Regionalismo.

EL SIGLO XX Y LA ÉPOCA DORADA DEL AZULEJO SEVILLANO.


La tradición de siglos en el uso de la cerámica en la ciudad, sirvió para aprender, desarrollar y perfeccionar una técnica y un estilo que harían posible que la ciudad de Sevilla creara su propio estilo, su "marca", su sello más personal, dejando un legado maravilloso de una industria que hoy, se encuentra tristemente extinguida.

Las décadas de bonanza económica que precedieron a la Exposición Iberoamericana de 1929, propiciaron un cambio radical en la Sevilla de inicios del siglo XX. La Sevilla histórica vería desaparecer una gran parte de sus edificios para dejar paso a un nuevo estilo, el Regionalismo. Con él la ciudad se reinventa a sí misma y aprovechará la Exposición Iberoamericana para mostrarse al mundo con una nueva imagen. Edificios neomudéjares y especialmente regionalistas inundarán la ciudad. Estos estilos sabrán combinar elementos y materiales propios de la arquitectura local. Predominarán el ladrillo, las yeserías, el hierro forjado y sobre todo la cerámica, resumiendo en el nuevo estilo los rasgos principales de la historia arquitectónica local. Los azulejos de diferentes estilos se integrarán en interiores y exteriores de los nuevos edificios, algo que provocará que las fábricas de cerámica trianeras, vivieran unas décadas de esplendor como nunca antes habían conocido. Creo que los sevillanos aún no somos conscientes de hasta qué punto, el Neomudejar y especialmente el Regionalismo se convierten en el estilo local, eclipsando incluso todo lo anterior. La fisonomía de la ciudad y de sus edificios cambia de tal forma, que si preguntáramos a un sevillano ¿cuál es la casa típica sevillana?, nos describiría un edificio regionalista, borrando practicamente la imagen del tipo de casa histórica predominante durante siglos.

La ciudad se llenará de nuevas construcciones de arquitectos como: José Gómez Otero; sus hijos José, Antonio y Aurelio Gómez Millán; Juan Talavera y Heredia; José Espiau y Muñoz; o el que ha pasado a la historia como el principal de todos ellos, Aníbal González, entre otros muchos.

Cada uno de ellos tendrá su personalidad y muchos de ellos pasarán por varias etapas, tocando otros estilos del momento como el Modernismo o el Historicismo. La ciudad se modifica, crece y se expande definitivamente fuera de lo que había sido la ciudad amurallada. Surgen nuevos barrios, la población aumenta, a veces demasiado rápido y la industria de la construcción conocerá un boom no visto hasta el momento. La ciudad sacrificará parte de su patrimonio para ensancharse y "modernizarse". Barrios como Triana serán practicamente renovados casi por completo.

La capacidad de esta arquitectura de integrarse con lo anterior, el buen uso de lo tradicional y local, hicieron que fuera muy bien aceptada por la sociedad sevillana del momento, hasta el punto de que algunos de sus arquitectos se convirtieron en ídolos locales como es el caso de Aníbal Gónzalez. Sus obras cumbre, la Plaza de España y también la Plaza de América, y junto a ellas  los edificios de La Adriática, Ciudad de Londres o el Hotel Alfonso XIII, los tres de José Espiau y Muñoz, serán algunos de los ejemplos más representativos de esta etapa de la arquitectura sevillana y del azulejo como elemento protagonista. Más de cuarenta fábricas de cerámica funcionarán en Triana durante los treinta primeros años del siglo XX para abastecer la alta demanda, siendo probablemente el momento de mayor esplendor del sector desde que seis siglos antes, los alicatados en el palacio mudéjar de Pedro I en el Real Alcázar inauguraran esta tradición que Sevilla supo mantener hasta hace pocos años. Hoy podemos dar por muerta la industria cerámica sevillana, esperemos que al menos conservemos lo que tenemos, verdaderas joyas de este arte, siempre considerado como menor comparado con otras artes, pero que sin duda forman un patrimonio material y artístico indiscutible, siendo una de las señas de identidad de Sevilla.

A continuación dejo algunas fotografías de algunos edificios representativos de esta última etapa y donde pueden ver la importancia que el azulejo tienen en ellos.

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José Manuel Villalba Rodríguez

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