La Cruz de Las Sierpes en la Plaza de Santa Cruz.

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Hoy vamos a hablar de la Cruz de las Sierpes, una cruz de forja que actualmente encontramos en la Plaza de Santa Cruz, en el corazón del barrio más turístico de la ciudad. Esta cruz la podemos encontrar principalmente por dos nombres: Cruz de la Cerrajería (el más popular) y Cruz de las Sierpes (posiblemente el verdadero nombre como luego veremos).

Son muchas las personas que al ver la cruz, podrían pensar que el Barrio de Santa Cruz toma su nombre de ella pero nada más alejado de la realidad. El barrio toma su nombre de la antigua iglesia de Santa Cruz que se encontraba en el lugar donde hoy encontramos la plaza más emblemática del barrio. Fue derribada por los franceses a comienzos del siglo XIX, ubicándose la parroquia desde entonces en la calle Mateos Gago, en lo que fuera iglesia del ya extinto convento del Espíritu Santo.

La Cruz de las Sierpes la realiza el rejero almonteño Sebastián Conde en 1692 y fue a sustituir a una anterior, posiblemente de madera, colocada a inicios del XVII en lo que se conocía como Plazuela de la Cerrajería, en la confluencia de la actual calle Rioja (antigua calle Dueñas) y Sierpes. El origen parece relacionado con un retablo callejero dedicado a la Virgen de Regla situado en el lugar. La cruz de madera, deteriorada por estar a la intemperie, había adquirido mucha devoción y se decide sustituir por una de hierro forjado. Se hace por suscripción popular y sería trasladada en solemne procesión sobre una carroza a cargo de la hermandad del Rosario del Sagrario desde las Gradas de la catedral el 1 de noviembre de 1692. Cada 3 mayo se realizaría una solemne función con motivo de la festividad litúrgica de la Santa Cruz, conmemorando el hallazgo por parte de Santa Elena de la reliquia de la Santa Cruz de Cristo en el siglo IV.

Al parecer la Cruz de las Sierpes fue dorada al año siguiente, en 1693 y allí permanecería hasta 1729, en que se retiraría para la entrada de Felipe V en la ciudad. Sería repuesta posteriormente en 1734 por petición de los vecinos, a lo que se le une una anécdota curiosa. Resulta que en ese año de 1734 la sequía castigó a la ciudad, algo que provocó las temidas malas cosechas y el franciscano Sebastián de Jesús falleció vaticinando antes dos sucesos: que el infante don Carlos de Borbón llegaría a ser rey (algo que se cumplió) y que la sequía solo tendría fin si la cruz que se había retirado para no estorbar en la entrada del cortejo real en 1729, volvía a la esquina de Sierpes. El cabildo hizo caso y la cruz sería restituida a su lugar. Cuentan las crónicas que la lluvias aparecieron en cuanto los obreros se pusieron manos a la obra.

No sería esta la única vez que la Cruz de las Sierpes sería retirada de su lugar, algo que ocurrió en varias ocasiones al ser un lugar de paso. Se retiró de nuevo en 1796, 1816 y 1840. Al retirarla la llevaban al vecino convento de las Mínimas hasta que al ser desamortizado, se llevó definitivamente a mediados del 1800 al Museo Arqueológico Provincial (situado en el antiguo convento de la Merced, actual Museo de Bellas Artes), y allí estuvo hasta que se decidió colocarla en su ubicación actual.

La cruz fue por tanto un altar público y se nos muestra como cruz sobre peana o basamento, todo realizado en hierro forjado. Unos de los motivos ornamentales que más destaca son las hojas de acanto, algo que se usa desde época clásica y que el cristianismo utilizará como símbolo de la pasión de Cristo. En los lugares donde irían los clavos vemos aquí estos en forma de lirios. En el centro de la cruz, un corazón traspasado alusivo al dolor de María y corona de espinas como símbolo de la Pasión de Cristo. El conjunto se completa con los cuatro evangelistas en los ángulos, ángeles que sujetan los faroles que la alumbran y las serpientes o sierpes que simbolizan el mal sobre el que triunfa el símbolo de la cruz.

Este tipo de cruces eran relativamente frecuentes en la Sevilla de siglos atrás. Algunas sacralizaban los cementerios parroquiales, fuentes públicas o puntos frecuentes de paso en la ciudad; otras recordaban epidemias o hechos históricos; otras como la que hoy analizamos, funcionaban como altares callejeros fruto de la piedad popular. A medida que avanzan los años, especialmente a partir de la llegada de las ideas ilustradas, muchas fueron retiradas de los lugares públicos, especialmente si obstaculizaban el paso y fueron adosadas a los muros parroquiales o incluso al interior de los templos. Algunas se encuentran en el origen de hermandades como la Soledad de San Buenaventura y la Cruz del Caño Quebrado o la del Baratillo, nacida para dar culto a la cruz de hierro que se colocó en el Baratillo tras la epidemia de 1649.

Son todavía muchas las conservadas aunque ya no se encuentren en su ubicación original por los motivos antes mencionados. Aún siguen existiendo la Cruz de los Juramentos, la Cruz de San Jacinto, la de San Julián, la de las Culebras, la de la Retama, la de San Isidoro, la de la plaza de San Francisco, Polaineros, Santa Marta, la del Rodeo, Santa Catalina, San Vicente, la del Garfio, o la que hoy protagoniza esta entrada.

La Cruz de las Sierpes llegó a la plaza hace cien años, en 1921, cuya iniciativa había sido propuesta cinco años antes por el escritor Santiago Montoto y que el arquitecto Juan Talavera incluirá en la reforma de la plaza. Culminaba así un periplo de tres siglos en los que la cruz formó parte de la lista de "muebles itinerantes" de Sevilla. La ciudad vive durante gran parte de las tres primeras décadas del siglo XX cambios importantes. La celebración de la Exposición Iberoamericana trajo consigo un importante impulso constructivo que demandaba mano de obra y provocó un importante crecimiento demográfico en una Sevilla que llevaba dos siglos sin levantar cabeza. La exposición estuvo prevista en un principio para 1914 pero la Primera Guerra Mundial acabaría truncando el sueño y el acontecimiento se fue retrasando sucesivamente a 1921, 1923, 1924 y así en varias ocaciones hasta 1929 cuando finalmente se celebró. La exposición supuso una renovación de Sevilla a nivel urbanístico y estético. Las nuevas construcciones se levantarán en gran parte en el estilo del momento, el Regionalismo y algunas zonas de la ciudad se renovarán para dar la mejor imagen de sí misma al visitante. Eso ocurrió con el entorno de la principal zona monumental como era el Barrio de Santa Cruz que se convertirá en la imagen que Sevilla quería proyectar al exterior. En este contexto de remodelación urbanística y embellecimiento del entorno monumental, la Plaza de Santa Cruz se convierte en una de las plazas más representativas. Aprovechando el solar que había dejado el derribo de la antigua iglesia de Santa Cruz un siglo antes, el lugar fue tomando forma a lo largo del XIX hasta adquirir ahora su forma definitiva. Como antes hemos comentado, la cruz de forja del siglo XVII conocida como de Las Sierpes o de la Cerrajería, encontrará aquí su ubicación definitiva, luciendo hoy recién restaurada por Metis, conservación y restauración. Con su colocación se culmina la reforma de la plaza que da nombre al barrio más visitado de la ciudad. La apertura de calles hacia los Jardines de Murillo la harán mucho más accesible, convirtiéndose en uno de los puntos más emblemáticos del centro histórico y que, aunque muy transformado, ha sido testigo de largos siglos de historia, albergando una antigua mezquita hasta el siglo XIII, convertida en sinagoga hasta finales del XIV, transformada de nuevo para el culto cristiano hasta que a comienzos del XIX sería derribado el edificio dando lugar al nacimiento de la plaza. Poco queda de aquel edificio, apenas tres elementos que lo recuerdan: El Descendimiento de Cristo, obra del pintor Pedro de Campaña que presidía la capilla de la familia Jaén del desaparecido templo y que hoy preside la Sacristía Mayor de la catedral; una placa que preside la plaza en su fachada sur y que nos recuerda que los restos del pintor Murillo se encuentran en algún lugar de la actual plaza (fue enterrado en la antigua iglesia); y cuatro columnas del antiguo edificio hoy reaprovechadas en la calle Rábida.

Poco queda por tanto de todo aquel pasado pero veamos el lado positivo, hoy podemos disfrutar una preciosa plaza, presidida en su centro por esa joya del trabajo en forja que supone la cruz. Los espacios se transforman, cambian, se renuevan pero conocer su pasado y cómo han llegado a ser lo que son hoy es importante. Conocer la historia de estos lugares es una forma de conservarlos, evitando que caigan en el olvido. Conocerlos y recordarlos permitirá que las generaciones futuras sepan de su existencia. Si has leído hasta aquí sabrás más sobre uno de los rincones más conocidos y hermosos de la ciudad y cuando pases por allí sabrás qué es esa cruz, de dónde llegó, por qué se encuentra en ese lugar y qué hubo ahí en siglos pasados. Aunque no quede nada de lo que hubo originalmente en ese espacio, tu conocimiento hará que la historia no se olvide.

Llegados a este punto y conociendo mejor esta magnífica obra barroca en hierro forjado volvemos a lo que comentábamos al inicio:

¿La Cruz de la Cerrajería es la misma que la Cruz de las Sierpes?

Según Alejandro Guichot y Sierra en su obra Cicerone de Sevilla, la cruz denominada "de la Cerrajería", era una cruz de madera que se encontraba adosada a una casa en la calle de la cual toma el nombre, siendo una cruz diferente a la de forja que se denominaría "Cruz de las Sierpes", que se situaba en la confluencia de Sierpes y Rioja. Por tanto según Guichot, estaríamos hablando de cruces diferentes, una desaparecida (Cerrajería) y otra conservada (Sierpes), a la que hoy hemos querido dedicar esta entrada del blog.

En el cruce entre las calles Rioja y Sierpes, ubicación original de la cruz, se quiso colocar una réplica allá por el año 2000, algo que quedó en proyecto pero que nunca llegó a llevarse a cabo. No hay muchas más aclaraciones al respecto por lo que es difícil saber realmente si Cerrajería y Sierpes daban nombre a dos cruces diferentes o no.

Como todas las grandes obras, sirven de inspiración para crear otras nuevas. En el caso de la Cruz de Las Sierpes, ha servido como modelo para la cruz que remata la ermita de El Rocío o para la cruz de guía de la hermandad de Santa Cruz, abriendo el cortejo procesional de esta cofradía cada tarde noche de Martes Santo.

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José Manuel Villalba Rodríguez

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