El Pabellón de Hungría de la Expo´92.

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Hoy queremos dedicarle esta entrada del blog a uno de los edificios más emblemáticos de la Expo 92 de Sevilla, el pabellón de Hungría y explicar los motivos de su lamentable estado de conservación.

Los que vivimos la Exposición Universal de Sevilla de 1992, sabemos lo que supuso para la ciudad tal magno acontecimiento, hasta el punto de cambiar por completo la imagen de Sevilla, tanto para los que vivimos aquí como para los que llegaron de fuera. Hoy queremos dedicar esta entrada de blog a uno de los edificios más emblemáticos, el pabellón de Hungría de la Expo 92.

Sevilla pasó de ser un pueblo grande a ser una ciudad europea del siglo XX (ya vamos necesitando otra "Expo" de nuevo). La Sevilla esplendorosa almohade o la Sevilla "puerto y puerta de América" habían quedado ya casi en el olvido cuando llegó la Expo´92 y la ciudad se vuelve a poner en los mapas.

La ciudad cambia por completo; se mejoran los accesos, las comunicaciones con el nuevo aeropuerto y la Estación de Santa Justa y el AVE, descubrimos que había río y vida detrás del muro de Torneo, vimos dónde estaba La Cartuja, se hicieron autopistas y puentes y Sevilla recuperó el tiempo perdido durante décadas. El recinto de la exposición empezará a ver como se levantan los pabellones de los diferentes países y éramos muchos los que íbamos algunos fines de semana a las visitas guiadas que se organizaban para ver cómo La Cartuja empezaba a tomar forma.

Uno de los pabellones que más llamó la atención desde el inicio fue el de Hungría, tanta que fue uno de los famosos pabellones en los que los sevillanos nos acostumbramos a "hacer cola" y es que la respuesta de sevillanos y turistas estuvo muy por encima de las previsiones más optimistas y el pabellón húngaro fue de los más demandados a pesar de la sencillez de su contenido.

El pabellón es obra del arquitecto húngaro Imre Makovecz, activo durante la segunda mitad del siglo XX, nació y murió en Budapest y fue el fundador y "presidente eterno y ejecutivo" de la Academia Húngara de las Artes. Levantado entre los pabellones de la Santa Sede y el de Austria (ambos ya desaparecidos), se concibió en principio como efímero, se construyó en madera y se revistió de pizarra. Su aspecto exterior recuerda una iglesia rural húngara, a la vez que al casco de un barco invertido, en la que se levantan siete torres que albergan 14 campanas de bronce, obras del campanero Laszlo Csury, traídas en camión a Sevilla desde la pequeña localidad de Orbotytyán. Con sus 1250 kilos de peso se convirtieron en protagonistas del edificio. En una de las puertas de entrada podemos ver un guiño hacia las antiguas máscaras de los guerreros magiares húngaros.

Como decíamos, el pabellón era muy simple en su contenido a la vez que simbólico. Dividido en dos partes bien diferenciadas, la parte este y la parte oeste, en claro recuerdo a la historia más reciente del país, situado entre esos dos mundos, dos mentalidades y dos ideologías que dividieron Europa durante las décadas centrales del siglo XX. Tras entrar, unas azafatas daban la bienvenida a los visitantes y tras ello se atravesaba un oscuro pasillo donde el sonido de un bombardeo acompañaba al visitante hasta llevarlo a la sala central. Allí se encontraba "el árbol de la vida", un roble traído desde orillas del Danubio y expuesto en su completa desnudez, ramas y raíces tan solo separadas por un suelo de cristal por donde el visitante pisaba, símbolo de la ancestral historia húngara y de la relación del país con la naturaleza, símbolo también de lo real (tronco y ramas) y de lo irreal (raíces). Durante el recorrido, penumbra, voces de niños, bombas, llantos y música nos acompañaban. Un breve audiovisual y el repique de las campanas indicaban el final de la visita que duraba unos 20 minutos.

Para aquellos que conozcan Budapest, este "árbol de la vida" puede recordarles a la espectacular escultura de Imre Varga inaugurada en 1990 en el Parque Memorial del Holocausto. Se encuentra en la parte trasera de la Sinagoga Dohány, la mayor de Europa y la escultura es un árbol metálico que recuerda a un sauce llorón, en cuyas hojas están inscritos los nombres de las víctimas del lamentable episodio.

Pero quiero hablar también de la actualidad de este edificio, de su preocupante estado de salud y del negro futuro que presagia, envuelto en una maraña de impedimentos burocráticos a los que nadie parece prestarle atención.

Tras la clausura de la Exposición Universal, el pabellón es adquirido ha ido pasando de mano en mano, por diferentes dueños sin que ninguno le diera uso hasta el año 2002, cuando se reabre albergando un museo sobre los distintos tipos de energía compatibles con el desarrollo: el Pabellón de la Energía Viva y así aguantó cuatro años hasta que cierra. Estuvo a punto de ser derribado pero la presión ciudadana sirvió para que la Junta de Andalucía lo inscribe como Bien de Catalogación General en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz junto con otros cinco pabellones de la Expo como son: el Pabellón de la Navegación, el de Francia, Finlandia, España y el de Andalucía. Esa protección impide ser derribado pero la situación es complicadísima como podemos ver a continuación.

La parcela donde se encuentra el edificio tiene diferentes cargas: la primera es que para cualquier cambio de actividad o venta, hay que solicitar la autorización de la Junta de Andalucía; la segunda traba es que la Junta estableció una limitación en el precio para futuras enajenaciones, de forma que no puede venderse por más de 385.993 euros. Una tercera traba es el estado de deterioro y el alto coste que supondría rehabilitarlo, a lo que se une el coste de mantenimiento del mismo, no olvidemos que está contruido en madera y pizarra. A esto hay que unirle un canon anual de 40.000 euros por el derecho de superficie, 2000 euros a la entidad gestora del parque tecnológico de la Isla de la Cartuja y 12.000 euros al Ayuntamiento un Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI).

Resumiendo; no se puede derribar (afortunadamente) pero las diferentes trabas, el bajo precio al que se tendría que vender y el altísimo coste anual entre impuestos y mantenimiento hacen que el futuro sea preocupante y previsible. No lo derribarán, caerá solo, poco a poco a no ser que la Junta de Andalucía se haga cargo de él o facilite las cosas para que alguien lo compre y lo gestione. Esperemos un final feliz para este edificio tan emblemático de nuestra ciudad y de aquella Exposición Universal que cambió Sevilla para siempre. 

Me gustaría que, especialmente los que no son de Sevilla y visitaron la Exposición del 92, dejaran algún comentario para saber qué les pareció todo aquello. Si eres de Sevilla, tu comentario será bienvenido igualmente.

Dejo un video donde ver o recordar el pabellón de Hungría en la Expo´92 de Sevilla:

Pulsar para ver VIDEO

 

Actualización 18/04/2022: Mario López Magdaleno, presidente de Magtel, ha adquirido el pabellón a título personal para rehabilitarlo. Aún no se sabe qué uso se le dará.

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José Manuel Villalba Rodríguez

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