Monumento a la Inmaculada Concepción de Sevilla.

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A pesar de haber sido una de las grandes abanderadas y defensoras del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen, Sevilla había llegado al siglo XX sin tener un monumento destacado que reflejara esa tradición de siglos y la tradicional devoción local hacia la Madre de Jesús. La defensa de los sevillanos de que María había sido concebida sin pecado original, le valió el apelativo de "Tierra de María Santísima" y la ciudad necesitaba de alguna forma, plasmar esa devoción en un monumento.

La propuesta surgió por iniciativa privada, lo mismo que había ocurrido poco antes con el dedicado a Colón, siendo sufragado por suscripción popular. Sería el 5 de julio de 1917 cuando don Ramón Ibarra y González, pide licencia al Ayuntamiento de Sevilla para poder levantar en la Plaza del Triunfo un monumento a la Inmaculada Concepción, "interpretanto el sentir de muchos sevillanos, amantes de las tradiciones de esta nuestra ciudad, y más amantes aún del honor y la gloria que puedan dar a la santísima Virgen en el Misterio de su Concepción Inmaculada...".

Al depositar la primera piedra del monumento se incluyó una caja con un escrito, firmado por los miembros del Comité y la lista de los donantes de la suscripción abierta. La citada lista de donantes quedó depositada en el basamento del monumento y la componen mil setecientos sesenta nombres, entre los que se recaudaron 102.952,52 pesetas, con las que se pagaron todos los gastos, incluida la factura del escultor, sobrando 4.354,90 pesetas que se emplearon en la iluminación del monumento.

Origen de la iconografía de la Inmaculada Concepción.

La iconografía de la Inmaculada fue fijada tal y como hoy la conocemos por Francisco Pacheco en su libro Arte de la Pintura donde indica que la Virgen había de representarse con doce o trece años de edad y estar vestida con túnica blanca y manto azul, llevando una corona sobre la cabeza, aureolada por doce estrellas.

Sin embargo, el origen de la concepción milagrosa de la Virgen se remonta mucho más allá. La idea ya estaría en la Iglesia griega en la Alta Edad Media, vinculada a los comenarios de un evangelio apócrifo, el llamado Protoevangelio de Santiago, que cuenta el relato de la concepción de la Virgen de forma milagrosa, cuando sus padres Ana y Joaquín, ya ancianos, no esperaban tener descendencia. De este pasaje deriva la representación iconográfica más antigua de la concepción, el Abrazo ante la Puerta Dorada de Jerusalén de los progenitores de María. Este modelo se utilizará ampliamente durante el medievo y hasta los siglos XV y XVI.

Ya durante el siglo XVI se comienza a perfilar uno de los modelos que posteriormente se asociarán a la Inmaculada Concepción, el de la Tota Pulchra, con María rodeada por los símbolos de la letanía lauretana. A ello se unirá también la imagen de la mujer del Apocalípsis: "Una gran señal apareció en el cielo. Una Mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza".

De la fusión de ambas surgirá el modelo de la Inmaculada que más trascendencia tendrá y que nos deja escrito el pintor Pacheco en su ya citada Arte de la pintura, de donde el arte sevillano comenzará a beber, a desarrollar el tema, a perfeccionarlo y a liderar la representación plástica en tallas y pinturas de la Virgen como Inmaculada Concepción.

Sevilla y la devoción a la Inmaculada Concepción

La tradición mariana de Sevilla y especialmente su defensa a ultranza del dogma, es algo conocido. La pintura y la escultura sevillanas habían dado forma y habían establecido ya los cánones y la iconografía de las representaciones de la Inmaculada Concepción dos siglos antes que Roma proclamara oficialmente el dogma en 1854. Las iglesias, conventos y oratorios privados de Sevilla, guardaban obras concepcionistas creadas por la primera línea del arte local desde las primeras décadas del siglo XVII.

En septiembre de 1615, la hermandad de Jesús Nazareno, más conocida como la de "El Silencio", por iniciativa de su Hermano Mayor Tomás Pérez, hizo solemne Voto y Juramento de "creer, proclamar y defender, hasta derramar su sangre, si preciso fuere, que María Santísima, fue concebida sin pecado original", siendo la primera congregación que llevó a cabo los citados Voto y Juramento.

Francisco Pacheco sentó las bases artísticas en su Inmaculada Concepción con Miguel del Cid en 1619 (quien idearía la famosa copla "Todo el mundo en general, a voces reina escogida, diga que sois concebida, sin pecado original"). Llegarían luego los que desarrollarían y perfeccionarían el tema, los principales exponentes de la escuela local como Velázquez, Zurbarán, Murillo, Valdés Leal o Juan Martínez Montañes. Sevilla se convierte durante el siglo XVII en la principal defensora a nivel mundial de que la Virgen María había sido concebida sin el pecado original que el restro de los cristianos llevábamos marcado desde nuestro nacimiento y desde los orígenes, desde Adán y Eva.

Se vivieron no pocos enfrentamientos, especialmente entre órdenes religiosas. Franciscanos y jesuítas abanderaron la causa concepcionista, los dominicos no. La confrontación sería aprovechada sabiamente por el arzobispo Pedro de Castro, consiguiendo encender el fervor popular en la ciudad. Mientras los dominicos se revelaban, las fiestas en favor del misterio se multiplicaron, la ciudad se inunda de estampas y grabados, la copla de Miguel del Cid se convierte en himno, las hermandades, corporaciones y conventos encargaron imágenes y pinturas y por primera vez, se expuso públicamente una imagen de la Concepción en la fachada de la catedral. Iglesia y Ayuntamiento juraban en 1617 la defensa del nacimiento de María sin mácula, sin mancha del pecado original heredado de Adán y Eva.

Sevilla se engalanó para la víspera el 7 de diciembre, los barcos en el Guadalquivir lanzaron salvas en honor de la Inmaculada, para jurar ambos cabildos el día 8 la defensa del dogma que la ciudad había decidido abanderar.

En 1662, se consagraba la nueva iglesia del Sagrario de la Catedral de Sevilla. Con tal motivo, se organizó una procesión en honor de la Inmaculada y celebrar así tanto la apertura del nuevo templo, como el Breve Pontificio de Alejandro VII. Este documento prohibía la doctrina contraria a la Concepción Inmaculada de la Virgen y aprobaba el culto a este misterio. Un pintor anónimo inmortalizó la procesión y nos dejó (hoy puede contemplarse en la catedral hispalense), en forma de pintura, el siguiente documento histórico, donde podemos apreciar la procesión y el montaje que para tal se levantó en las Gradas de la Catedral, la actual calle Alemanes.

Sevilla llevaría la devoción a América, donde la iconografía concepcionista sería muy bien acogida. El mundo hispano se anticipaba artística y devocionalmente a Roma y marcaba el camino a seguir hasta que la Iglesia reconociera el dogma en 1854 con Pío IX.

El Monumento de Sevilla a la Inmaculada Concepción.

Como ya dijimos al inicio del artículo, sería Ramón Ibarra el que lideraría la petición al Ayuntamiento de Sevilla de crear un monumento a la Inmaculada Concepción en 1917, coincidiendo con la efeméride de los 300 años de que Sevilla jurara el voto de defensa de la Concepción Inmaculada de la Virgen.

La religiosidad sevillana, cargada de un marcado barroquismo, ha estado también siempre muy presente en el estamento popular. Si la Iglesia se había alejado del pueblo a raíz de la revolución de 1868 para acercarse a la clase burguesa, en Sevilla este distanciamiento nunca fue tan marcado, manteniendo un peso muy fuerte en la vida de la ciudad. Ejemplo de ello es la coronación canónica de la Virgen de los Reyes por parte del Cardenal Marcelo Espínola para conmemorar el cincuentenario de la proclamación del dogma de la Inmaculada.

No podemos olvidar que Sevilla vivía sus primeras décadas preparando la Exposición Iberoamericana, algo que propiciará el desarrollo del Regionalismo, grandes obras en la ciudad, el embellecimiento de la zona más monumental, donde se ajardinaron diferentes espacios, entre ellos la Plaza del Triunfo, donde se levantaría el monumento.

Los documentos de la época describen el monumento a la Inmaculada de la siguiente forma: "arrancará del suelo con una gradería de peldaños, descansando sobre estos el basamento, que es prismático de sección cuadrada. Encima de él van cuatro pilastras de orden jónico con entablamento de base cuadrada. En el basamento van adosadas cuatro estatuas que representarán a Murillo, Martínez Montañés, Miguel del Cid y al Padre Juan de Pineda. Sobre el entablamento estará el grupo que corona el monumento y que representa a la Inmaculada rodeada de ángeles, conforme al cuadro de Murillo, que está en París, titulado La Concepción del Louvre (haciendo referencia a la Inmaculada del Mariscal Soult o de los Venerables, hoy en el Museo del Prado).

Rodeará al monumento un pequeño jardín que estará cercadp por un cerramiento que ha de llevar cuatro cartelas decorativas. La del frente dedicada a S.S. Pío IX; la posterior llevará el escudo de la ciudad y la dedicatoria del monumento, y las laterales los nombres de los sevillanos que se distinguieron por su fervor a la Inmaculada.

La altura total del monumento será de algo más de 16 metros y el cerramiento formará un cuadrado de 8 metros 50 centímetros de lado.

El grupo será de mármol blanco de Italia; el entablamento y pilastras de piedra azulada de Murcia, y los tres peldaños del cerramiento serán de mármol de color de Sierra Elvira".

El conjunto monumental fue llevada a cabo por tres de los artistas más destacados de la ciudad. El autor material de las esculturas fue el escultor Lorenzo Coullaut Valera; el diseñador del monumento, José Espiau y Muñoz, y el responsable del ajardinamiento de la plaza, el arquitecto municipal Juan Talavera y Heredia.

El monumento a la Inmaculada es una revisión y adaptación al siglo XX de los llamados triunfos barrocos, una tipología de monumento religioso que se desarrolló enormemente durante los siglos XVII y XVIII. Suponen una manifestación pública del espíritu religioso y del fervor popular propios de la cultura barroca. En este caso, el monumento a la Inmaculada se levantará precisamente frente al Triunfo de la Virgen del Patrocinio, levantado tras el Terremoto de Lisboa como acción de gracias por los escasos daños causados y que terminará por darle nombre a la plaza.

José Espiau y Muñoz realizó hasta seis bocetos diferentes y de ahí fue evolucionando hasta el monumento definitivo, que no se corresponde con ninguno de ellos, dando como resultado final un monumento más modesto que en los dibujos de Espiau. Al comienzo la base era circular, la Virgen se alzaba sobre una columna corintia y las esculturas de los cuatro personajes, se encontraban en peanas diferentes cada uno de ellos.

El monumento estuvo a punto de ser derribado por el Ayuntamiento durante la Segunda República en 1931. Ante la amenaza, los sevillanos se reunieron espontáneamente la víspera de la festividad de la Inmaculada, a medianoche del 8 de diciembre, por si era la última vez que podían verlo en pie. Esa reunión popular se mantendría en años sucesivos, a lo que se unirían años después los tunos de varias facultades. La tradición había nacido ya en 1927, con los alumnos de los Luises rezando la salve y realizando ofrenda floral.

En el año 1969, durante esa noche de vísperas, se pisotearon ramos y el monumento sufrió una serie de desperfectos, algo de lo que acusarían a los tunos de Medicina como los culpables. Estos defendieron su inocencia, institucionalizando de forma oficial en 1971, la tradición que hoy conocemos de las las tunas cantando a la Inmaculada cada medianoche entre el 7 y el 8 de diciembre.

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José Manuel Villalba Rodríguez

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